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La Caperucita y el lobo

Cuando se es un niño, las horas pasan sin que nos demos cuenta de ello, sólo tenemos ante nuestros ojos un espacio grande el cual recorrer con nuestra imaginación, por cierto, la palabra imaginación siempre va unida con la palabra niño, es algo que me parece muy injusto, se da a entender que los adultos ya no contamos con ese recurso? Que vivimos un estilo de vida sin escapes de la realidad? Eso sería la condena total de la humanidad, pero realmente no es así, existe sí nuestra imaginación, pero una totalmente distinta, en donde no solo encontramos una casita hecha de chocolate, sino que también tiene una bañera que en vez de agua sale cerveza, flores con olor a nicotina y una ventana que da a una playa nudista.
Y es que para qué conformarse con la rutina, un encuentro medio amoroso, la boda con bombos y platillos y un: “fueron felices por siempre”, si le podemos añadir los dolores de cabeza que le dio el príncipe a la princesa, y cómo ella prefiere salir con sus doncellas que con él, dejándolo que se embriague entre sus amigos y demostrando cómo la bata de la princesa le queda mejor a él que a ella.
Tengo tantos cuentos metidos en mi cabeza que suelo confundir la verdad con la ficción, a veces creo que si no alcanzo a terminar mi trabajo, mágicamente aparecerá hecho al día siguiente, ya al levantarme recuerdo que los únicos enanos que conozco jamás, jamás me ayudarían en semejante tarea, y con cara de desesperación entre papeles volando y un café cargado suplicar si existe esa señora con alas y brillitos que me ayude con su carroza mágica a llegar a tiempo a donde tenga que ir.
Una noche, después de varias copas de más, juraría haber visto a un burro, un perro, un gato y una gallina cantando a todo pulmón en grupo, pero pensándolo mejor debí haber pasado por aquel bar en donde todos están con caras de burro, peleando como perros y gatos y cantando tan afinados como una gallina, y en donde creen que por el hecho de tener el cabello despeinado y vestir con rezagos grunge son guapos, ese sí es un cuento muy viejo y creo que yo misma me lo inventé. Pero eso no viene al caso, a menos que las cosas que antes creía sean ahora para mí sólo un cuento viejo, de esos para contar a los jovencitos con las hormonas alteradas, como si de una abuelita se tratara, una abuelita que monta en una Harley y que no usa casco. Por lo menos así me gustaría que me recuerden, contándoles de que no es bueno mezclar tanto alcohol en una sola noche, y que huyan de los postes telefónicos cuando alguien está subiéndolo y a punto de vomitar gritando: I´m the King of the world !!!... ohh sí huyan, pero luego recójanlo ya una vez caído y denle de tomar café, bueno ustedes no, sino sus mamás porque a los amigos no se los deja en esas condiciones, no jamás, excelente lección, gracias mamá.
Hay unas cuantas fábulas increíbles, las que llevo siempre presente, la eterna pelea entre el rápido y el lento, por más que uno quiera ser liebre, hay otro que es león y arrasa con todo, no queda más que la liebre se vaya de parranda con la tortuga a llorar las penas de porqué no les explicaron que a el león no le importa un carajo las reglas del juego y que tiene un ayudante que jamás se imaginaron, era alguien más pequeño que ellos, lo que me lleva otra vez a mencionar enanos, agentes proletariados que en algún momento tendrían que sublevarse y dejar que Blancanieves se atienda ella sola, lo siento querida, busca un trabajo y defiéndete sola, ayudante de bruja no está nada mal, así se tiene algo importante a que aspirar.
Si me preguntan en que cuento me gustaría vivir, no les mencionaría ninguno en especial, tan sólo me gustaría poder aclarar que los cuentos de la vida real son mejores que los ficticios, pues puedo darles mi propio giro y mi propia moraleja, que esta Caperucita tiene suficiente valentía para agarrar a ese lobo de los colmillos, cortarle la cola y lanzarlo al río más cercano, tener ese trofeo de llavero para recordar que nadie escribe mi final sino sólo yo, y que nadie se mete con mi abuelita.