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La Pitonisa de tu desencanto

Sinceramente no sé ni cómo explicarlo, no existe principio para un fin tan macabro y totalmente esperado, siempre fui yo la pitonisa de tu desencanto, en quien reposaba la palabra final de tu atrevimiento.
Una canción de cuna anunciaba tu presencia, envolviéndome en los recuerdos de una infancia abruptamente desecha, una melancolía que jugaba siempre a tu favor, una melancolía que engaña convirtiendo juguetes en armas, canciones en gritos desesperados.
Como si de un juego de feria se tratara, arrastrabas mi sombra hacia cada lugar que llamaba la atención; y aunque seria, hacía esfuerzos para reírme de tan ridículo acto, barato y obvio ante mis ojos, una danza increíblemente mal gesticulada dándose ínfulas de perfección.
Es gracioso cuando sientes que una bomba de tiempo está atada a tus zapatos, pero no te la puedes quitar porque tus zapatos son muy bonitos, por lo que decides o bien detenerla, o tan sólo ignorarla pensando que jamás explotará.
Es en ese circo de luces y gritos, bailes y payasadas, en donde me tuviste dando vueltas hasta marear mis sentidos, en ese lugar fue donde decidí que mis zapatos no podían valer más que mi ser, me acerqué a tí dispuesta a enamorarte con una dulce danza que sabía no me la podías negar, esa danza que te extasiaba, de la que siempre salía triunfante, esa danza sería mi oportunidad de renunciar a tu mundo de colores y gritos, irónicamente lo que me alejaría de ti sería lo que nos mantenía unidos.
Casi sin pensarlo, sin tener un plan dibujado, sólo guiándome por tus ojos, mis manos actuaron solas y de una manera invisible desaté aquella bomba y pasé a atarla a tu pecho, con una suavidad tan hipócrita que incluso llegué a acariciar tu cabello en un acto de ilusionismo puro. Como una Houdini me salí de los barrotes de tus brazos, y viendo la sonrisa en tu rostro también sonreí, porque ya no la vería más.
Jamás me había vestido tan rápido ni maquillado tan perfectamente en tremendo apuro, en mi mente sólo había una cuenta regresiva que ya no podía parar. Saliste corriendo atrás mío preguntando por mi apuro, sólo atiné a decirte que iba a llover y tenía que irme temprano a casa, podía escuchar el tic tac resonando cada vez más rápido en tu pecho y mi adrenalina hervía en todo mi cuerpo, "cómo pudiste hacerlo?" explotó en mi oído, "tú no te mereces esto" respondieron mis labios.
Al subir a mi tren de las seis, me tomaste de la mano y me diste un beso, sentí el frío de mi corazón en tu pecho metálico y supe que sería el último. Casi huyendo solté tu mano y la volviste a tomar y noté miedo en tus ojos, "muy tarde" pensé y te dije adiós con una sonrisa.
Fue un estallido agudo, mortal. Desde la ventana de mi tren ni siquiera me tomé la molestia de mirar atrás, sólo sentí la ráfaga que se llevaba tus partes a través del camino mientras la gente se empujaba para ver mi espectáculo, en mis oídos sólo resonaba esa canción de cuna que anunciaba tu llegada, anunciando ahora sólo tu partida.
Al llegar a casa sentí un ligero líquido en mi frente, sangre de una pequeña herida causada por una esquirla de la detonación, decidí guardarla como trofeo en un cajón, a pesar de me molesta tener que curar esta herida no importa, después de todo, pensé, no existe plan perfecto a la hora de matar.