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El perfecto mundo de Edward Gorey



 
Edward Gorey (1925 - 2000) ha sido, sin lugar a dudas, uno de los autores e ilustradores norteamericanos más personales, originales e interesantes de la segunda parte del siglo XX.
IIustrador de culto, con gran influencia en cineastas como Tim Burton y Mark Romanek, y referente inevitable del moderno movimiento gótico, Gorey publicó a lo largo de su carrera más de cien obras. Estudió Bellas Artes en su ciudad natal Chicago y Filología Francesa en Harvard. Como ilustrador, puso su plumilla al servicio, entre muchos otros, de Chesterton, Henry James, H.G. Wells, Kafka, Pushkin, Bradbury, Kierkegaard o Poe, y trabajó para publicaciones como Squire, Vogue, The New Yorker o Playboy.
Según Gorey, su talento como ilustrador provenía de su bisabuela Helen St John Garvey, popular creadora de greeting cards (tarjetas de felicitación ilustradas) en el siglo XIX.
Autodidacta y excéntrico –vivió la mayor parte de su vida completamente solo, rodeado de sus gatos, libros y discos, y cultivando su gran pasión por el ballet–, Gorey ejerció como director artístico en citada editorial neoyorquina mientras dedicaba las noches a trabajar con gran empeño en sus propios libros.
No obstante, debido al rechazo de los editores, que consideraban escandaloso el chocante y absurdo humor negro de sus obras, hubo de fundar su propia editorial, Fantod Press, para distribuir y vender sus propios libros ilustrados.
Sus obras eran viñetas de línea muy trabajada acompañadas de un breve texto rimado (a la manera de las romanzas de ciegos medievales), lleno de juegos de palabras, que contaban historias surrealistas, macabras y oscuras, llenas de un humor siniestro.

 Su primera y peculiar mininovela, The Unstrung Harp (El arpa no encontrada) apareció en 1953. A ella le seguirían The Listing Attic (El desván del listado, 1954) y The Object Lesson (El ejemplo práctico, 1958).
Sin embargo, sus creaciones no alcanzaron al gran público hasta que en 1972 la editorial Putnam publicó la antología Amphigorey, cuyo éxito propició la aparición posterior de otros dos excelentes recopilatorios: Amphigorey también (Amphigorey Too, 1974) y Amphigorey además (Amphigorey Also, 1983), y elevó a su autor a la categoría de ilustrador de culto.

Los lectores de Edward Gorey ya saben que la visión del mundo recogida en los libros de este genial creador norteamericano dista mucho de ser complaciente, reconfortante o falsamente optimista. Más bien al contrario, si algo rezuman es inseguridad y desconfianza hacia todo lo que nos rodea y una única certeza absoluta: la capacidad de lo inesperado para infiltrarse en nuestras vidas, a menudo con resultados catastróficos.
Asimismo, Gorey se vio influenciado por el arte chino, el simbolismo y el  arte japonés. A sus obras añadía el poder del absurdo y lo amenazador, utilizando su imaginario de personajes para crear historias gráficas dulces y perturbadoras, como “El Wuggly Ump” monstruo comedor de tachuelas, paraguas y fango con sanguijuelas que decide cambiar su dieta y probar el gusto de  tres niños encantadores, o “El zoo absoluto” donde el autor nos presenta un singular bestiario en el que debemos adentrarnos con suma precaución.

El artista también se adentró en temas más comprometidos, como su obra erótica “El sofá singular” o “La pareja abominable.” En ambas historias lo obsceno no ocurre en los dibujos, sino que queda implícito de tal manera que la imaginación del lector debe trabajar ineludiblemente. El dibujo en tinta de Gorey sigue siendo elegante y lánguido, pese a tratar los temas más escabrosos de la psicología humana.
 
Desde que abandonó Harvard en 1950 y hasta el día de su muerte Gorey vivió completamente solo y nunca se le conocieron amoríos; esta circunstancia, unida a su extravagante apariencia, llevó a no pocos reporteros faltos de imaginación a preguntarse si no sería homosexual. En una entrevista aparecida en la revista New Yorker en 1992, Gorey comentó lacónicamente que, sencillamente, no tenía interés en este tipo de temas, y se declaró «razonablemente asexuado». Por otra parte, según su biógrafo Alexander Theroux, Gorey sí mantuvo una relación de admiración, quizá amorosa, hacia una mujer, Bunny Lang (a la que dedicó The Hapless Child [La niña desdichada]), aunque de haber existido nunca tuvo oportunidad de consumarla, pues ella murió joven. A partir de entonces Gorey reservó su pasión incondicional únicamente para las bailarinas de ballet, a las que adoraba".
Para definir los dibujos y las historias de Gorey podríamos remitir al lector a una tradición de ilustradores irrepetibles entre los que estarían sin duda Odilon Redon, Arthur Rackham, Alfred Kubin, Roland Topor, o, más recientemente, Tim Burton.