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Aquella que guardaba besos

A ella no le importaba que le dijeran loca, al fin y al cabo todos tienen un hobby: algunos son deportistas, otros guardan escarabajos, otros coleccionan estampillas; pero ella guardaba besos.

A medias, completos, mal dados, robados, alucinantes, aburridos, ella tenía una gran variedad guardados en pequeños jarrones que brillaban por su contenido, todos dispuestos en fila en un aparador antiguo, de madera roída y tambaleante. Con una etiqueta que a duras penas se podía leer, cada jarrón tenía su descripción: nombre, fecha, la clase de beso, y el significado.

No pretendió iniciar algo así, la espera del primer beso, como en cualquier joven de su edad, era lo que estaba esperando: un joven como ella que la mirara a los ojos con cara de amor, que acercara su rostro al de ella y que al juntar sus labios con los de ella; el piso se comenzara a mover dejándola suspendida en el beso. Claro que todo eso lo había leído en un relato ficticio, por eso se llevó una gran decepción cuando cumplió 14 años y en su primer beso lo único que se movió fue el viento frío que entró por una puerta abierta.

Sabía en su interior que si quería sentir algo más que viento frío recorrer su cabello, debía encontrar el beso ideal, ¿pero qué es lo que lo haría ideal? ¿Labios gruesos, finos, en un abrazo o de la mano? ¿De pie, acostados? Las interrogantes necesitaban respuesta, era una investigación, era su naturaleza...científica. Pero armar su propio laboratorio y un par de apuntes no lo era todo, no se había dado cuenta que era algo que le llevaría tiempo, quizás muchos años.

Su colección fue creciendo, guardó besos intensos de larga duración (sus favoritos),  sencillos o "franceses", aquellos que con cada minuto que pasaba era como disfrutar de un chocolate o de su fruta favorita. Guardó otros dados a regañadientes, con desgano, con aburrimiento, que le mantenían los ojos cerrados a medias, viendo el reloj para poder irse, terminando en una mentira de un próximo encuentro. Y es que si no puedes cerrar los ojos en un beso ¿para qué seguir haciéndolo?

Los besos que más le costó poder guardar fueron aquellos dados con ese sentimiento que le llaman amor, pues pudo aprender que existían varias categorías: el "verdadero", el que creía que lo era, el que lo fue pero no se dio cuenta, el que quiso convertirlo en amor, pero ni con la mejor receta de alquimia pudo lograrlo; aquel que le dijeron que sí lo era (pero fue mentira) y otro que no recuerda qué fue en realidad. Habían varios que ya no recordaba de dónde los había guardado, otros que confundió con abrazos, y algunos que nunca fueron dados.  

La coleccionista de besos guarda algunas cosas más, pero siguen siendo los besos sus favoritos, pues cuando sus labios besan a otros, su mundo desaparece totalmente, transformándose en uno donde ella dicta sus reglas, donde ella es la reina, y estar en ese mundo es su adicción.

1 comentarios:

He disfrutado mucho este texto! Cautivante y emotivo tema, muy buena narrativa y sugerente también. Y tú ¿Cuáles coleccionas? ;)